domingo, 28 de agosto de 2005

Noite de Morabeza

Explorando otras latitudes musicales me encuentro con un trabajo discográfico que ha merecido mi atención desde un primer momento. Se trata de la producción Noite de Morabeza de Boy Ge Mendes, cantautor oriundo de Dakar, Senegal, pero con el alma enclavada en Cabo Verde , pequeño conjunto de islas situadas al oeste del continente africano.

A partir de los primeros acordes comienza el viaje nostálgico, delicado y sentimental por el alma y el sentimiento caboverdiano. Conviven, musicalmente hablando, el espíritu de las mornas provenientes de Portugal, influencia notoria del bosanova brasileño, las raíces senegalesas expresadas en el tambor y la cadencia rítmica, un leve toque de jazz al igual que los aromas provenientes de los ritmos afrocaribeños.

Nada sobra y nada falta, desde la guitarra melancólica y traviesa, pasando por un piano que desliza notas en su justa proporción hasta el acordeón que sutilmente se cuela para mostrarnos la profundidad, seriedad y la delicadeza con que Mendes encara esta producción discográfica. Aparte mención merece la voz cálida, dulce por momentos y melancólica de Mendes, la cual nos transmite toda la “sodade” y el sentimiento, alma y espíritu del pequeño archipiélago.

El espíritu caboverdiano (valga el término) llega para hacerse presente, para demostrar que las islas no solo sirvieron, en tiempos ancestrales, para refugio de piratas, mercaderes o navíos que surcaban el océano. Esta producción nos crea, musicalmente hablando, un ambiente lleno de paz y dulzura, pero a su vez cargado de melancolía y sentimiento. Allí está una música, un sentimiento, un trabajo creador hecho con humildad para mostrar parte de la riqueza musical de un pequeño pedazo de tierra ubicado en aguas del atlántico.

Artículo originalmente publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde, en Valencia, Venezuela

La percusión creativa de Gerardo Rosales

Desde hace algunos años, en el mercado musical europeo han irrumpido, de manera exitosa, muchos de nuestros coterráneos, demostrándole al viejo continente y al mundo en general que nuestras propuestas musicales tienen valor e importancia dentro del ámbito cultural. Dentro de ese grupo de venezolanos hay que destacar al percusionista Gerardo Rosales.

Nacido en Caracas el 06 de julio de 1964, Gerardo Rosales se inicia en la música producto de los famosos Talleres de Percusión de Sarría, donde aprendería el ancestral arte del golpe de los cueros. No tardaría Rosales en destacar, lo cual sería un punto a favor para ser tomado en cuenta por agrupaciones como Yarake y Café, ambas del ámbito salsoso. Posteriormente, realiza una gira por España con la agrupación Caracas Son 7, concretamente a la famosa Expo Sevilla 92, donde ve surgir la posibilidad de hacer carrera dentro del exigente ambiente musical europeo. El reto estaba planteado y Gerardo no desaprovecharía la oportunidad de poder realizarse como creador en el viejo continente, de manera que establecería su cuartel general en Ámsterdam, Holanda.

Una vez radicado en el país de los tulipanes, Gerardo Rosales decide emprender su proyecto musical basado en las fusiones del jazz y los ritmos afrocaribeños y venezolanos, logrando destacarse como uno de los grandes percusionistas de la actualidad, todo eso gracias al empeño, al estudio de ritmos afrocaribeños, la dedicación al trabajo creativo y a la originalidad de su propuesta musical.

“Venezuela Sonora”, “Señor Tambó”, “El Venezolano”, “Ritmo y pianístico” (en colaboración con Eddy Martínez) y “La Salsa es mi vida”, ésta última realizada en Nueva York, son cinco producciones discográficas que avalan a Gerardo Rosales y lo muestran como uno de los percusionistas más creativos dentro del mundo de la música, donde el joropo se da la mano con las tumbadoras cubanas, y los ritmos afrovenezolanos se integran a la fiesta donde Rosales es el anfitrión.

Escuchar a Gerardo Rosales es como percibir el aroma del café recién colado, donde nos pasea por los caminos de la música venezolana, el jazz, la música afrocubana y la salsa, mediante el ritmo que lleva inmerso en la sangre y que nos transmite una buena carga de sabor a través del tambor y los instrumentos de percusión. Jamás ha perdido su identidad, ni sus creencias, ni la humildad que caracteriza su ser y sus propuestas musicales. Por el contrario, su manera de hacer música, creativa y original, representa uno de sus mayores orgullos.

Artículo originalmente publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde, en Valencia, Venezuela

miércoles, 24 de agosto de 2005

El enigma de Monk

Su música, misteriosa y enigmática como su vida, ha trascendido en el tiempo para dejar una huella que perdura con el correr de los años. Thelonious Monk ha sido uno de los grandes músicos que el jazz se ha dado el lujo de tener entre sus filas. Su manera peculiar de tocar el piano, la riqueza armónica de sus composiciones y un sentido del tiempo poco común lo hacían ser muy distinto a sus colegas músicos de la época, entre los que podemos citar a Dizzy Gillespie, Bud Powell o Charlie Parker.

Lejos de la pirotécnia y el alarde de destrezas que caracterizaban a los músicos de jazz de la era del bebop, Monk estableció su propia forma de expresar toda la carga emotiva que caracteriza a un músico de jazz. El uso de disonancias y silencios, el minimalismo en las melodías y la riqueza y complejidad armónica de sus composiciones le hacían correr en una dirección signada por sus propias y originales reglas, donde el misterio, la introspección y su fidelidad a sí mismo eran solo algunas de sus características más marcadas, tanto en su música como en su personalidad. Otra de las características esenciales de Monk fue su capacidad de reinventarse o de reinterpretarse cada cierto tiempo, lo cual le permitía desarrollar su obra desde varias perspectivas, enriqueciéndola o diferenciándola de la original, pero sin perder el espíritu que cada composición lleva consigo.

Temas como Round Midnight, Straight no cheaser o Evidence son solo una muestra del legado del hombre nacido en Rocky Mountain, Carolina del Norte, un 10 de Octubre de 1917 (aunque algunos sostienen que nació en 1920) y fallecido el 16 de febrero de 1982.

Maestro del tiempo en todo su sentido, enigmático en su música y su personalidad, Monk logró concebir sus ideas musicales a su manera, mostrándonos un camino alterno que enriquecería al jazz para siempre.


Artículo publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde, en Valencia, Venezuela

La magia de Djavan


Existe un elemento mágico que hace de su música algo más que un hechizo, quizás producto de la cantidad de culturas, aromas y colores que toma de la música de su Brasil natal, así como de otras expresiones musicales. Originalidad y creatividad son palabras que se encuentran inmersas en el discurso musical que pregona. Así es, determinada y versátilmente, la música de quien fue llamado al nacer, un 27 de enero de 1949, Djavan Caetano Viana, o sencillamente Djavan.

Proveniente de una familia humilde de Maceio, estado de Alagoas, en Brasil, Djavan se inicia en la guitarra desde temprana edad y de manera autodidacta, mostrando esa musicalidad natural que presentan los oriundos del país amazónico. “Luz, Som, Dimensao” sería su primera experiencia como cantante, a su vez que, para esa época, Djavan descubriría que la composición también sería uno de sus puntos fuertes. Sin embargo, sus composiciones eran poco entendidas por sus colegas de la época, catalogándolas de complejas y difíciles. Pero los comentarios sobre la complejidad de sus composiciones no lo detuvieron en su transitar hacia el éxito.

Para 1973, Djavan se traslada a Rio de Janeiro, buscando fortuna y nuevos horizontes musicales, los cuales encontraría para ir marcando un rumbo signado por la creatividad, el talento y la originalidad. Luego de haber participado en diversos festivales, así como haber interpretado temas de telenovelas, Djavan se hace de un espacio, por derecho y talento propio, dentro de la escena musical brasileña, logrando el reconocimiento y la admiración de grandes personajes como Caetano Veloso, Gilberto Gil y Gal Costa, entre otros. Pero el reconocimiento no solo ha sido del país carioca, también lo ha sido desde el extranjero, donde artistas de la talla de Stevie Wonder o Paco de Lucía han colaborado en sus producciones.

Innumerables han sido los éxitos que Djavan ha cosechado como compositor, entre los que podemos destacar la deliciosa “Sina”, “Samurai”, “Nem um dia”, “Meu bem querer”, “Flor de Lis”, entre otros, encontrando en sus composiciones la pasión, la sensibilidad y los sentimientos del ser humano expresados de una forma muy original. Poetas como Carlos Drummond, Federico García Lorca y Adelia Prado han sido fuentes de inspiración para Djavan, aunque su mayor inspiración lírica proviene de los arrullos de su madre, quien inventaba canciones basadas en la luna y las estrellas para dormir a Djavan y a sus hermanos.

Darse un paseo por su música resulta una experiencia fascinante, donde convergen ritmos y sonidos provenientes tanto del nordeste de Brasil como de otros paisajes brasileños, aderezados con matices que abarcan el pop, jazz, blues, funk y rock. Pero eso no queda allí, su propuesta musical, cargada de ritmo, sensibilidad y colorido va más allá de cualquier intento por catalogarla o colocarle algún tipo de etiqueta. Atreverse a escucharla, aceptarla y disfrutarla es una experiencia que vale la pena.

Artículo publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde, en Valencia, Venezuela

Jerry González

Según palabras del cineasta español Fernando Trueba, Jerry González es un jazzista con vocación de rumbero o viceversa. Y no le falta razón si tomamos en cuenta el hecho de poder reunir dentro de un mismo ámbito el complejo rítmico de la rumba afrocubana con el legado jazzístico de grandes personajes como Thelonious Monk y Miles Davis, logrando perspectivas dignas de ser apreciadas.

Nacido en Nueva York el 05 de Junio de 1949, Jerry González se inicia en la trompeta en su época de estudiante de secundaria en el Bronx. Sin embargo, la trompeta no sería su único instrumento ya que las tumbadoras harían el coqueteo necesario para que González dividiera su atención entre el cuero y el metal. Esta afición le permitiría ir más allá de la simple ejecución, sus pasos estaban encaminados entre el jazz y la música afrocubana, dos estilos que marcarían su norte y le permitirían tener mayores ambiciones a la hora de concretar los proyectos que habrían de venir.

Desde 1969, Jerry González estuvo involucrado en diversos proyectos musicales liderados por George Benson y Dizzy Gillespie, entre otros. Ya para el año 1974 lo encontramos involucrado en proyectos como el Conjunto Anabacoa, el Grupo Folklórico-Experimental Nuevayorkino y el Conjunto Libre de Manny Oquendo.

Su inicio en solitario data del año 1979, cuando el productor Kip Hanrahan le ofrece la oportunidad de grabar “Ya yo me curé”, producción que refleja los intrincados caminos que González pretendía recorrer. A partir del año 1980, Jerry González forma la Fort Apache Band, una propuesta muy vanguardista sobre la fusión entre el jazz y la rumba afrocubana sin concesiones ni sacrificio alguno, donde Jerry González ha puesto a prueba su creatividad musical y ha podido servir como punto de encuentro del jazz y los ritmos afrocubanos sin comprometer la esencia de cada uno.

En tiempos más recientes, encontramos a Jerry González desarrollando ideas musicales mediante mediante la exploración del flamenco, demostrando, una vez más, que la música sirve para unir pasiones, sentimientos, razas y culturas.

Estamos en presencia de un músico comprometido con la sinceridad de sus intenciones e ideas, capaz de ir del Bop a la rumba afrocubana pasando por los senderos del flamenco, bien sea soplando el metal de su trompeta o descifrando los mensajes ancestrales a través del golpe a sus tumbadoras. Entrega, pasión, devoción e irreverencia son palabras inmersas en el mensaje musical de quien es considerado un Pirata del Caribe.


Artículo publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde, en Valencia, Venezuela

Una historia del Latin Jazz

Nueva York ha sido, a través de los años, la ciudad donde han surgido auténticos fenómenos, en cuanto a música se refiere. Uno de los fenómenos más importantes ha sido, sin lugar a dudas, el mestizaje musical realizado a finales de los años 30 y a principios de los años 40, que determinó el surgimiento de una nueva cultura musical que habría de impactar a la ciudad que nunca duerme, al caribe y al mundo entero: El Latin Jazz.

Durante esos años, el predominio musical era de las grandes bandas de jazz de la época: Duke Ellington, Count Basie, Cab Calloway, por citar algunas. Sin embargo, otras serían las perspectivas que tomarían las bandas de aquel tiempo con la llegada del ritmo y el tambor afrocubano. De igual manera, los músicos intentaban obtener un nuevo vehículo de expresión que les permitiese desarrollar todo su potencial, y el público, factor fundamental, necesitaba nuevas formas musicales que captasen su atención.

Según nos cuenta la historia, existen dos responsables directos del nacimiento del Latin Jazz: Machito (Frank Grillo) y Mario Bauzá, quienes llegarían de La Habana cargados de ideas y con ganas de desarrollar todo su potencial musical en Nueva York. Machito participó como cantante con las Estrellas Habaneras y el Conjunto Siboney, mientras que Bauzá ejecutaba la trompeta en orquestas como las de Chick Webb y Cab Calloway. Los momentos cumbres del nacimiento del género estaban por venir. Previo a esto, habían existido algunos intentos de fusionar el jazz con lo latino, entre los que destacan el famoso “Spanish Tinge” de Jelly Roll Morton o el clásico “Caravan”, composición del trombonista Juan Tizol y Duke Ellington.

Para el año 1940 surge un momento importante en este proceso de mestizaje musical. Se trata de la formación de los Afrocubans por parte de Machito, contando con Mario Bauzá como director musical. Los Afrocubans fueron los encargados de iniciar todo este proceso de fusión de ritmos afrocubanos con las armonías del jazz estadounidense, permitiendo así la fusión de elementos culturales y sociales en la gran manzana. Para ello se contaba con la experiencia de Bauzá en el Jazz y los conocimientos de Machito sobre los ritmos afrocubanos, todo esto aunado a un talento incomparable y a la búsqueda de un nuevo sonido.

El golpe definitivo para el desarrollo de este movimiento musical resulta en la llegada a Nueva York del percusionista cubano Chano Pozo, quien llega a la orquesta de Dizzy Gillespie por sugerencia de Mario Bauzá. El ritmo intrincado y caliente que le imprimió Pozo a la orquesta de Gillespie permitió el nacimiento del Cu-Bop (Suerte de fusión entre el Be-Bop y la música cubana), lo cual se manifiesta en el tema Cubana Be Cubana Bop. El ritmo que Pozo le imprimía a sus interpretaciones y composiciones así como el coocimiento de una diversidad de ritmos y expresiones afrocubanas le permitió al naciente movimiento contar con un atractivo especial: El espectáculo del tambor llevado a los salones de baile. Por otra parte, Gillespie tomaría las sugerencias de Bauzá como punto de partida para desarrollar todo el espíritu y las formas que caracterizarían el nuevo género.

Sin embargo, existe un nombre que siempre ha sido el menos nombrado cuando hablamos del nacimiento del género. Se trata de Chico O’Farrill, el arreglista, director y compositor de grandes obras que dieron realce al género, quien entre tantas virtudes tuvo la visión de ver la Big Band como un gran instrumento, lo cual se aprecia en sus arreglos y composiciones llenas de colorido, matices y sabor. Eran los tiempos del mítico Palladium, el lugar de moda en Nueva York donde se dieron cita las orquestas más importantes del momento y las que, posteriormente, darían el complemento necesario al género. Allí sonaban los nombres de Tito Puente, Tito Rodríguez, Eddie Palmieri, el propio Machito, Chico O’Farrill, entre otros.

Todo esto significó la unión definitiva de las orquestaciones y armonías que caracterizan el jazz norteamericano con los ritmos y cadencias afrocubanas, formando así lo que hoy conocemos como Latin Jazz. Temas como Mambo Inn (Mario Bauzá), Manteca y Tin Tin Deo (Chano Pozo), The Azteca Suite (Chico O’Farrill), Sopa de Pichón (Machito y Los Afrocubans) son solo parte del repertorio que se haría clásico dentro del surgimiento del género. Con el transcurrir del tiempo, la historia tendría otros giros y se observaría cómo el Latin Jazz toma formas y pautas determinadas por ritmos y estilos de diversas partes de Latinoamérica, dándole la amplitud necesaria al género

Más allá de ser una nueva forma de expresión musical, debemos hablar de una nueva forma de expresión urbana, donde el latino podía aportar elementos importantes al movimiento musical y cultural gestado en la gran manzana, lo cual es un punto referencial sobre la evolución del jazz y la música de América y el caribe. Esto le permitió demostrar el valor de su existencia y de su herencia musical cultivada en muchos años. Además, presenta una rica raíz rítmica de alto calibre: El tambor, instrumento presente tanto en el jazz como en la música afrocaribeña.

Lo que comenzó como un proceso de mestizaje entre la música afrocubana y el jazz ha desembocado en la fusión de diversos ritmos afroamericanos con el jazz, produciéndose verdaderas joyas musicales que merecen ser mostradas en su justa proporción, de manera de presentarle al mundo el aporte cultural y la riqueza de los géneros que allí tienen cabida. En la actualidad, el jazz se da la mano con un tambor de San Millán o un joropo tuyero, camina al compás de un Tango argentino, acaricia las notas de un bossa nova, flirtea con los sonidos centroamericanos o danza armónicamente con una rumba columbia.

Todo esto nos demuestra el cruce de dos culturas musicales para originar nuevos sonidos que identifican, de alguna manera, el proceso de mestizaje llevado a cabo en América; el desarrollo de una nueva forma de hacer música y la evolución de un género que habría de recorrer el mundo por caminos infinitos. Así, contado de esta manera, es una historia del Latin Jazz.


Artículo publicado en la revista dominical Letra Inversa del diario Notitarde de Valencia, el día 14 de agosto de 2005