martes, 20 de septiembre de 2005

Una noche en el Village Vanguard

Mi asiento, como de costumbre, estaba reservado para la ocasión, muy cerca del escenario, donde solo el aire acondicionado pudiese interponerse entre la música y yo. Era mi asiento especial y ella, algo impaciente, no veía la hora del inicio de la función, cosa normal en quien no siente mayor afición por el jazz. A los pocos minutos, van apareciendo en escena el bajista Scott LaFaro, el baterista Paul Motian y el pianista Bill Evans, nombres que le brindarían nuevos aires y perspectivas al formato de trío jazzistico.

Uno a uno, los temas interpretados por el trío iban más allá de cualquier propuesta hecha por algún mortal con anterioridad. Piano, batería y contrabajo establecían una suerte de conversación excelentemente moderada, con preguntas y respuestas cargadas de argumento y lirismo, con inteligencia liberada y pasión desgranada entre las notas oscuras y dinámicas del bajo, los repiques y susurros de las escobillas, y maestría al sonar, en forma de gotitas de rocío, las notas del piano. Una especie de juego donde cada quien compartía los roles de estrella y gregario, a veces de manera imperceptible. La música cubría con su magia los espacios cálidos y alegres que el trío dejaba para la posteridad en una sesión antológica, en la cual estaba siendo espectador de lujo y, de manera silenciosa, casi protagonista. Era, sencillamente, un momento histórico en el mundo del jazz.

El hecho fue definitorio, marcando un verdadero hito en aquello de proponer música en forma de trío, logrando inmortalizar no solo al pianista Bill Evans, sino tambien a sus cómplices Paul Motian y Scott LaFaro.

Al despertar, supe que no era más que ficción, pero una genuina realidad en el mundo de mis sueños y de mi imaginación. Lo viví, muy a mi manera. Nada mal para quien escribe y profesa un irrestricto amor al jazz.

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