miércoles, 22 de febrero de 2006

Aquellas descargas


La vieja casona del centro de la ciudad era una especie de Palladium en mi imaginación. En el patio de la casa, una mesa, destartalada y deteriorada por el tic tac irreversible, servía para ocupar espacio y para colocar mi pequeño y funcional tocadiscos y unos cuantos discos de acetato. Era la época en que la salsa mandaba en el gusto de la gente, y yo no era la excepción. Jugaba a ser el gran cantante del momento o el músico capaz de levantar de sus asientos al público cuando la descarga estaba en el climax, rugiendo como los trombones de La Perfecta, o repartiendo golpes sobre el cajón de la ropa, imitando a aquel hombre de altura y corpulencia considerable, de gruesos lentes correctivos, de cálida sonrisa y personalidad que se sentaba con tres tumbadoras al frente, indestructible. El estaba allí, presente en el escenario de mi imaginación descargando e invitándome a participar en la descarga, golpeando el tambor con sus manos duras, mostrandome la solidez y la fuerza de su orquesta, pero permitiéndome ser parte del show que solo yo podía presenciar. Desde la cocina era observado por mis tías quienes exclamaban "Te vas a volver loco, muchacho, de tanto golpear ese cajón", lo cual me importaba poco, más bien nada, ya que dentro de ese mundo de fantasía estaba viviendo la cara más interna y sensible de la música. Allí estaban sus manos duras, tendidas hacia mí en un gesto de agradecimiento por creer y vitorear la música, su música. Allí estaba, imborrable, mi inspiración y admiración por un músico que entró por los caminos del jazz rumbo a la salsa, para luego hacer la última parte del recorrido por donde se había iniciado el ciclo. Allí estaban las tumbadoras rojas, la fuerza indestructible y el Watusi viviendo en ese mundo imaginario que construía cada tarde en el patio de la casa, rodeado de músicos que fantasiosamente llegaban. Hoy quedan sus grabaciones, su legado, su caracter siempre paterna, su ejemplo, su frase guerrera "¡Que viva la música!". Gracias, Ray Barretto, por tanta buena música y por ayudarme a creer en mi fuerza indestructible.

2 comentarios:

• Eroserena • dijo...

Salsa siempre sera salsa, podran inventar muchos ritmos y fusionarse a ella pero nunca superaran la escencia original inspirada de sus creadores... q bonito esta anecdota, que bonito es tener siempre algo para contar, recordar es vivir caballero... =D un abrazo dsd Maracay!

Fósforo Sequera dijo...

Cierto. La salsa siempre ha estado presente en mi vida, y ha sido casi como una bendición para mí. Lo de la anecdota es algo que me sucedió cuando nilo, aunque aun persiste la idea de llegar a ser un sonero. Gracias por venir, un beso para ti.

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