miércoles, 8 de febrero de 2006

Chucho Valdés

Pareciese que las notas del piano no tuviesen límites cuando las enormes y hábiles manos se posan sobre las teclas del insigne instrumento. Esa fue la primera impresión que causó en mí cuando tuve la oportunidad de escucharlo por vez primera frente a la legendaria banda Irakere. Las notas sonaban en diversas proporciones, al igual que los acordes, complejos y traviesos a la vez, derrochando clase, originalidad y un profundo conocimiento de sus propias raíces.
Visto todo esto, decidí llegar a los orígenes del excelso pianista. Llegado al mundo el 09 de Octubre de 1941 en Quivicán, provincia de La Habana, Cuba, Dionisio de Jesús Valdés traería consigo una herencia musical de incalculable valor: Ser hijo del reconocido pianista cubano Ramón Emilio Valdés, Bebo, para más señas. Esto era, en mi opinión, un presagio de lo que estaba por venir. Cuentan que, a la edad de 3 años, ya Chucho tocaba algunas melodías que aprendía con solo mirar los ensayos del Bebo en el piano de casa, así que el piano estaba realmente marcado en la hoja de vida personal y musical de Chucho. Los días pasaban, y Chucho proseguía su formación musical bajo la tutela de diversos profesores, quienes junto a su padre, le llevarían por los caminos del piano, desde la música clásica hasta lo popular, pasando por la música de su Cuba natal y, obviamente, el jazz.

Llegarían otros tiempos para Chucho cuando se inicia el proceso de maduración musical al que se vió sometido: El Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, bajo la dirección del reconocido maestro Armando Romeu. Sería esta una forma de ir definiendo, de algún modo, los caminos que seguiría y los proyectos que, posteriormente, adelantaría. A esto le sigue su paso por la Orquesta Cubana de Música Moderna, suerte de refugio de talentosos músicos donde se podía encontrar a los grandes virtuosos de la época, músicos egresados del Conservatorio con sólida formación académica. Sin embargo, esto no sería el cénit para la dimensión a la que aspiraba llegar Valdés. La verdadera explosión estaba por llegar.

La idea de fusionar el jazz y los ritmos afrocubanos rondaba en la mente de Chucho. No era descabellado tomar matices de un McCoy Tyner , Bud Powell o Bill Evans (quizás su mayor influencia) y llevarlos a la clave cubana con los tambores batá. ¿Osado? Tal vez, pero el cometido se estaba logrando y el tiempo se encargaría de darle la razón. De allí que su gran proyecto, Irakere, emergería con la idea de hacer estas verdaderas obras de alquimia, donde Chucho sería el jefe de todo este laboratorio. El resto es historia: Montreux, premios Grammy y el reconocimiento como uno de los más grandes exponentes que ha tenido el jazz, independientemente de la categorización que cualquiera pretenda darle.

Chucho logra poner de manifiesto su sensibilidad orquestal en una banda de grueso calibre, donde las concesiones quedaban a un lado para dar paso al talento, la genialidad y la creatividad. Todo esto enmarcado bajo una sola premisa: Hacer buena música. Un aspecto que se debe destacar es la incorporación de los tambores Batá en un formato orquestal para permitir un trabajo percusivo mucho más cercano a la cultura afrocubana, donde el jazz y la música cubana encontraban en Africa el ancestro común.

Fundamentando el trabajo musical en el piano, pero respaldado por una explosiva y poderosa sección rítmica así como de una impresionante cuerda de metales, Irakere logra romper algunos esquemas establecidos y muestra al público un sonido agresivo, cargado del mestizaje característico de la música que se hace en esta parte del mundo. Así que nombres como los de Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Carlos Emilio Morales, Carlos del Puerto, Carlos Averhoff, Juan Mungía, Oscar Valdés, Enrique Plá, Jorge “El niño” Alfonso, entre otros, complementan la labor y las ideas de Valdés, quien se encargaría del piano, arreglos de los temas, composición y dirección musical de la banda.

Sin embargo, el Irakere no sería un punto de parada en la ascendente y sorprendente carrera del cubano, sería, más bien, el punto de partida para la exploración de diversas posibilidades grupales que iban desde el piano en solitario hasta la figura del cuarteto.

El cuarteto de Chucho Valdés sería una forma mucho más retadora de realizar propuestas dentro de la música. Si bien con Irakere, el colorido y la polirritmia eran característica marcada debido a la cantidad de músicos presentes, el cuarteto representaba hacer ese tipo de cosas en un formato mucho más reducido. El asunto de todo era cómo lograr expresar unas ideas musicales pero en perspectiva distinta, hacer más con menos músicos.

Chucho ha llegado a dimensiones que rayan en lo asombroso. No conforme con todo lo logrado hasta ahora, Valdés dedica esfuerzo al acercamiento a lo sinfónico, luego de haber experimentado con trabajos donde su piano se encontraba en solitario, transmitiendo el mensaje cargado de color, sabor y calor al que nos tiene acostumbrados.

Estamos en presencia de una de los músicos más importantes del mundo por sus aportes al jazz, a la música afrocaribeña y, en general, a la cultura universal. La dimensión de Chucho se pierde de vista.

2 comentarios:

Magda dijo...

Totalmente de acuerdo, un excelente músico. Tengo discos de él, su música afrocaribeña es de mis preferidas. Que bien que lo recuerdas aqui.

Muchos saludos

Fósforo Sequera dijo...

Sí, Magda. Valdés en uno de los grandes. Saludos.

Seguimos en clave...