jueves, 16 de febrero de 2006

Más para el timbal


La baqueta hacía los malabarismos de manera sorprendente, buscando el sitio preciso por donde el sonido reclama presencia. Golpeando el borde, metal y cuero suenan para caracterizar la sonoridad que plasma el instrumento, ese mismo que Puente logró colocar en el sitio protagónico del escenario, ese mismo que tiene cultores públicos y secretos, ese mismo que le pidió permiso a la tumba y al bongó para incorporarse a la comparsa. Cada cual importa, cada cual aporta, pero es éste, el que carga macho y hembra adornado con campanas y platillos, el que me brinda los sonidos y la cadencia necesaria para poner en clave mis días, el que me hizo, a su modo, regalarle flores a la música como quien la pretende, como quien la corteja.

Allí he visto algunos. Puente, quien le dio la definitiva importancia a un instrumento relegado a las gradas del escenario, maestría aparte. Naranjo, insigne humano que regala sabiduría a quien se la haya ganado en buena lid, quien universaliza conceptos. Oquendo, quien se expresa pausadamente en el lenguaje de la clave. Vilató, el explosivo que recorrió caminos plagados de salsa y rock. Almendra, dueño del sonido seco, expresivo, propio. Cada uno, entre tantos nombres, hace su aporte desde una perspectiva muy personal, con ejecuciones que van desde lo pirotécnico hasta lo lírico, de lo tradicional a lo novedoso, sin dejar de ser lo que se es. De ellos aprendo.

Allí he estado, frente a ellos, donde mis manos se extienden tanto como las baquetas me lo permiten, donde la madera choca sin piedad con las pailas, calentando sus fibras para ir decirle al cuero que nos brinde su mejor repertorio de sonidos. Allí he estado, tratando de descifrar lo que me dicen cual receptor de código morse, llevando la clave conmigo, aprendiendo a respetarlos para que me permitan escribir los sonidos que componen mi mensaje.

Ellos, mis queridos timbales, son más que mis compañeros en el sonido, son mi reducto de batalla donde fabrico lanzas de abanicos, baqueteos de cañones, fuego donde se cocinan las sonoridades que provienen de las pailas. Con ellos pretendo honrar la memoria de los que han ido a buscar sonidos al más allá, agradecerle a los que están por lo que gratis nos dan, y mostrar que el ritmo se compone, también, de alma y sentimiento.

Con clave y sabor, repicando la paila, golpeando el cuero, así voy.

Seguimos en clave…

2 comentarios:

Ivan Lovo dijo...

Bravo, poeta, bravo!

Fósforo Sequera dijo...

Gracias, colega!!!

Seguimos en clave...